Gestión de Talleres (F. W. Taylor): introducción

Gestión de talleresMi interés por el taylorismo viene de la mano de la reflexión sobre el fordismo, que creo que provino de dos fuentes: por una parte, la lectura de La explosión del desorden, de Ramón Fernández Durán, y por otro las reflexiones de Gramsci al respecto (Americanismo e fordismo). Tuve la oportunidad de traducir a Taylor en 2007, aunque Gestión de talleres no apareció hasta 2010.

El nombre de Frederick Winslow Taylor (1856–1915) está indisociablemente ligado a la administración científica, a la eficiencia, a la medición del tiempo. Reformador incansable, receloso de las organizaciones obreras, cuando no abiertamente enemigo de ellas, el pensamiento de Taylor, matizado por el paso de una centuria, sigue inspirando las transformaciones del capitalismo contemporáneo, dentro y fuera de la empresa.

Objeto de críticas aceradas y admiraciones sin paliativos, no cabe duda de que su influencia sobre la sociedad moderna ha sido decisiva. Taylor no inventa la administración científica. Su pensamiento se enmarca, por el contrario, en un movimiento social de gran amplitud, un movimiento tendente a dotar a la gestión de la empresa de un carácter sistemático; pero aunque otros autores —anteriores y contemporáneos al propio Taylor— han presentado ideas similares, ninguno de ellos lo ha hecho de modo tan coherente y directo. La lectura de su prosa, dura y descarnada en ocasiones, nos informa de la universalización de la relación salarial, y nos abre perspectivas acaso poco exploradas por la sociología del trabajo para analizar su génesis, su desarrollo y su necesaria superación.

Gestión de Talleres fue un documento presentado por Taylor en 1903 durante una reunión de la American Society of Mechanical Engineers (ASME). Escrito en un tono polémico, se trata de un informe sobre las características de la administración científica, una descripción de las innovaciones efectuadas por Taylor y una defensa de su implantación. La edición de esta obra, inédita hasta ahora en castellano, se acompaña de la discusión habida en la ASME tras la presentación de Taylor y de una serie de notas que ilustran algunos aspectos técnicos, históricos y bibliográficos a los que el texto hace referencia.

El trabajo como relación social

1. Bajo el término “trabajo” (cuya etimología radica en el latín tripalium, “tortura”) se engloban a menudo dos concepciones diferentes:

  • Por un lado el trabajo como gasto de energía humana, como actividad específicamente humana de acuerdo a un fin. Bajo ese aspecto, el trabajo es un hecho común a todas las sociedades humanas. La teoría feminista ha puesto de relieve la presencia de una forma de trabajo tradicionalmente invisiblizada, el trabajo de cuidados.
  • Por otro, el trabajo como un hecho histórico, específico de las sociedades capitalistas.

En dichas sociedades, la producción de mercancías no tiene como fin la satisfacción de necesidades humanas sino la producción de beneficio, de plusvalor. Si, de entre todas las mercancías intercambiadas, hacemos abstracción de sus cualidades particulares, nos queda una cualidad común a todas ellas: ser productos del trabajo humano. Un trabajo
que, a diferencia del imperante en las sociedades previas al capitalismo, no está ligado de por vida a un oficio específico: los trabajadores se mueven entre industrias, puestos y regiones geográficas.

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Modelos económicos y configuración de las relaciones industriales

“Andrés Bilbao era un sociólogo crítico. Investigaba el orden político del orden social y la falsa naturali­dad de instituciones sobre las que se construye la modernidad capitalista”. Así comienza el artículo dedicado a la memoria de Andrés Bilbao, de Agustín Morán. Su lectura también me resultó deslumbrante, y el librito glosado aquí es excelente y condensado, como ocurre con la mayor parte de sus escritos.

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